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UNA HISTORIA DE AMOR

La historia que paso a relatar no es una historia cualquiera, como hubierais pensado. Y no es una historia normal por la sencilla y compleja razón de tratarse de una historia de amor. Las historias de pasión no son como nos las imaginamos, porque siempre hay algo que se nos escapa, que no llegamos a conocer, ya que hasta sus propios protagonistas desconocen tales secretos. Misterios sentimentales que fueron encerrados hace mucho, mucho tiempo en una vasija de abuelo cualquiera. Cuando digo vasija no intento hacer apología del arte de la cerámica, ya sea de barro, de loza o porcelana. También, y sólo en este caso, podríamos hablar de aquellos morteros metálicos, que en mi recuerdo aparecen bañados de un amarillo
oro quiero-y-no-puedo. Allí decía, se depositaron amores. Amores que por darse entre cuatro paredes austeras (las de un pueblo manchego en según qué tiempos, como fue Orgaz) llegaban al corazón de una como ese torrente de luz que atraviesa toda la cámara
proveniente del ventanuco. De la habitación entonces solo se reconocen las motas de polvo que pululan por el espacio sin pedir permiso alguno y que irritan la visión humana. Así acababa el corazón de la pobre joven que en aquellos años era traspasada por el rayo ingenuo aún, del amor. ¡Que digo del amor! de una
mirada o de una pretensión de alguno de los mozos del pueblo. Las manos gastadas y encalladas del duro trabajo en el campo, y una voz rota por la vergüenza del amor primero. Era lo que estos muchachos podían ofrecer. Lo que significaba para ellas ¡toda una vida!
Tan generosos eran...

Todos tenemos en algún rincón de nuestras casas una máquina vieja de coser (que de pequeños ha sido tan zarandeada e investigada por nuestros ojos interrogantes), un baúl empapelado de pasillo (esos colores y esos floripondios...), una de estas vasijas o cualquier
otro utensilio práctico que sin quererlo fue el mayor testigo de esas historias de amor. Las historias del amor de nuestros abuelos.



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Una historia de amor, orgaz